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CONSAGRACION A LA DIVINA MISERICORDIA

Posted on December 27, 2018 at 4:10 PM

CONSAGRACION A LA DIVINA MISERICORDIA

INTRODUCCIÓN:

 

La Misericordia es uno de los atributos más característicos de Dios. Es la forma en la que Él mismo quiso darse a conocer a Moisés: “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34, 6).

Es el “acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro”. Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la Misericordia de Dios. (Francisco. Misericordiae Vultus 1)

 

Como dice Santo Tomás de Aquino, lejos de ser un signo de debilidad o flaqueza, la Misericordia manifiesta especialmente la omnipotencia divina. La Misericordia es una realidad concreta con la cual Dios revela su amor, como un padre o una madre que se conmueven con un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón hacia el hijo (Francisco, Misericordiae Vultus 6)

Dios no pone límite alguno a su Misericordia, no existe nada que su corazón no pueda perdonar, sin embargo, para que ella nos alcance, es necesario que nuestro corazón esté decidido a abrirse a esta gracia con la total certeza del Amor de nuestro Padre. La confianza es el fundamento de la devoción a la Divina Misericordia, por ello a la imagen le acompañan las palabras “Jesús en Ti Confío” y asi lo demuestran las palabras de Jesús a Sor Faustina Kowalska:

• “Las gracias de mi Misericordia se toman con un solo recipiente y éste es la confianza”. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá (Diario # 1578)

• “Tu empeño debe ser total confianza en mi bondad; el mío darte todo lo que puedas necesitar. Me hago dependiente de Tu confianza”. (Diario # 548)

La confianza es una opción enraizada en una fe viva. Confianza quiere decir que aceptamos dejar que Dios sea Dios.

Estos 33 dias de preparación para la consagración de nuestro corazón a la Divina Misericordia, pretenden hacernos más conscientes del amor que Dios nos tiene, enseñarnos a confiar cada día menos en nosotros mismos y nuestras propias fuerzas, y más en Dios y su amor omnipotente para poder asi ser nosotros mismos imagen de Su amor misericordioso con los demás.

Cuando ejercitamos la docilidad y el abandono a la voluntad de Dios, basados en la fe y la confianza, dejaremos a Dios actuar en nuestras vidas y en nuestros corazones reinará la serenidad, la alegría y la paz de saber que somos todos de Él.

El experimentar la gracia de la Misericordia de Dios en nosotros debe transformarse en un impulso por irradiar ese mismo amor hacia el prójimo a través de la caridad en acción, con las obras de Misericordia corporales o espirituales; a través de la palabra, llevando la Buena Noticia del Evangelio a las almas y finalmente a través de la oración, cuando no se puedan ejercer las dos primeras.

El mundo tiene necesidad de la Misericordia. Respondamos al llamado del Santo Padre que nos dice “¡ Id al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos pueda llegar el bálsamo de la Misericordia como signo del Reino de Dios que esta ya presente en medio de nosotros.” (Misericordiae Voltus 5)

 

METODOLOGIA

Se inicia el 2 de Septiembre para hacer la consagración en la fiesta de Santa Faustina que es el 5 de Octubre. El objetivo de los 33 dias es ir preparando el corazón para la Consagración. No hace ninguna diferencia hacerlo en una fecha distinta a la sugerida.

Durante esos dias, se recomienda ir anotando ideas en una hoja (pecados, heridas, rencores, Dolores…) para poder elaborar una carta a Jesús en donde se las entregue, junto con el deseo de conversion el día de la Consagración.

Es bueno realizar las oraciones en la mañana antes de empezar las actividades del día, asi no se olvida de hacerlas. Cada día se rezará una invocación al Espíritu Santo tomada del diario de sor Faustina #1751. (Ver anexo)

Luego se proporciona una reflexión para medicar cada día. Finalmente, se sugiere terminar la meditación con un propósito a cumplir. Será de gran ayuda practicar alguna de las formas de la devoción a la Divina Misericordia especialmente el rezo de la Coronilla de la Divina Misericordia, o el Viacrucis de Santa Faustina. También hacerla frente a la imagen de Jesús de la Misericordia.

 

 

 

 

De la Encíclica de Juan Pablo II: “Ricos en Misericordia”:

VIII. ORACIÓN DE LA IGLESIA DE NUESTROS TIEMPOS

15. La Iglesia recurre a la misericordia divina

La Iglesia proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y « más humano », hoy y mañana. Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra—la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres. La conciencia humana, cuanto más pierde el sentido del significado mismo de la palabra « misericordia », sucumbiendo a la secularización; cuanto más se distancia del misterio de la misericordia alejándose de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir al Dios de la misericordia « con poderosos clamores ».135 Estos poderosos clamores deben estar presentes en la Iglesia de nuestros tiempos, dirigidos a Dios, para implorar su misericordia, cuya manifestación ella profesa y proclama en cuanto realizada en Jesús crucificado y resucitado, esto es, en el misterio pascual. Es este misterio el que lleva en sí la más completa revelación de la misericordia, es decir, del amor que es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, del amor que eleva al hombre de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas.

El hombre contemporáneo siente estas amenazas. Lo que, a este respecto, ha sido dicho más arriba es solamente un simple esbozo. El hombre contemporáneo se interroga con frecuencia, con ansia profunda, sobre la solución de las terribles tensiones que se han acumulado sobre el mundo y que se entrelazan en medio de los hombres. Y si tal vez no tiene la valentía de pronunciar la palabra « misericordia », o en su conciencia privada de todo contenido religioso no encuentra su equivalente, tanto más se hace necesario que la Iglesia pronuncie esta palabra, no sólo en nombre propio sino también en nombre de todos los hombres contemporáneos .

Es pues necesario que todo cuanto he dicho en el presente documento sobre la misericordia se transforme continuamente en una ferviente plegaria: en un grito que implore la misericordia en conformidad con las necesidades del hombre en el mundo contemporáneo. Que este grito condense toda la verdad sobre la misericordia, que ha hallado tan rica expresión en la Sagrada Escritura y en la Tradición, así como en la auténtica vida de fe de tantas generaciones del Pueblo de Dios. Con tal grito nos volvemos, como todos los escritores sagrados, al Dios que no puede despreciar nada de lo que ha creado,136 al Dios que es fiel a sí mismo, a su paternidad y a su amor. Y al igual que los profetas, recurramos al amor que tiene características maternas y, a semejanza de una madre, sigue a cada uno de sus hijos, a toda oveja extraviada, aunque hubiese millones de extraviados, aunque en el mundo la iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la humanidad contemporánea mereciese por sus pecados un nuevo « diluvio », como lo mereció en su tiempo la generación de Noé. Recurramos al amor paterno que Cristo nos ha revelado en su misión mesiánica y que alcanza su culmen en la cruz, en su muerte y resurrección. Recurramos a Dios mediante Cristo, recordando las palabras del Magnificat de María, que proclama la misericordia « de generación en generación ». Imploremos la misericordia divina para la generación contemporánea. La Iglesia que, siguiendo el ejemplo de María, trata de ser también madre de los hombres en Dios, exprese en esta plegaria su materna solicitud y al mismo tiempo su amor confiado, del que nace la más ardiente necesidad de la oración.

Elevemos nuestras súplicas, guiados por la fe, la esperanza, la caridad que Cristo ha injertado en nuestros corazones. Esta actitud es asimismo amor hacia Dios, a quien a veces el hombre contemporáneo ha alejado de sí ha hecho ajeno a sí, proclamando de diversas maneras que es algo « superfluo ». Esto es pues amor a Dios, cuya ofensa-rechazo por parte del hombre contemporáneo sentimos profundamente, dispuestos a gritar con Cristo en la cruz: « Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen ».137 Esto es al mismo tiempo amor a los hombres, a todos los hombres sin excepción y división alguna: sin diferencias de raza, cultura, lengua, concepción del mundo, sin distinción entre amigos y enemigos. Esto es amor a los hombres que desea todo bien verdadero a cada uno y a toda la comunidad humana, a toda familia, nación, grupo social; a los jóvenes, los adultos, los padres, los ancianos, los enfermos: es amor a todos, sin excepción. Esto es amor, es decir, solicitud apremiante para garantizar a cada uno todo bien auténtico y alejar y conjurar el mal.

Y si alguno de los contemporáneos no comparte la fe y la esperanza que me inducen, en cuanto siervo de Cristo y ministro de los misterios de Dios,138 a implorar en esta hora de la historia la misericordia de Dios en favor de la humanidad, que trate al menos de comprender el motivo de esta premura. Está dictada por el amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo que, desvelándonos la gran vocación del hombre, me ha impulsado a confirmar en la Encíclica Redemptor Hominis su incomparable dignidad, me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo, Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo, mientras nos encaminamos al final del segundo Milenio.

En el nombre de Jesucristo, crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión mesiánica, que permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte. Supliquemos por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar « la misericordia de generación en generación », y también de aquellos en quienes se han cumplido hasta el final las palabras del sermón de la montaña: « Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia ».139

Al continuar el gran cometido de actuar el Concilio Vaticano II, en el que podemos ver justamente una nueva fase de la autorrealización de la Iglesia—a medida de la época en que nos ha tocado vivir—la Iglesia misma debe guiarse por la plena conciencia de que en esta obra no le es lícito, en modo alguno, replegarse sobre sí misma. La razón de su ser es en efecto la de revelar a Dios, esto es, al Padre que nos permite « verlo » en Cristo.140 Por muy fuerte que pueda ser la resistencia de la historia humana; por muy marcada que sea la heterogeneidad de la civilización contemporánea; por muy grande que sea la negación de Dios en el mundo, tanto más grande debe ser la proximidad a ese misterio que, escondido desde los siglos en Dios, ha sido después realmente participado al hombre en el tiempo mediante Jesucristo.

 

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