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LOS DONES DEL ESPIRITU SANTO 2DA PARTE

Posted on January 7, 2015 at 1:45 PM

Los Dones del Espíritu Santo

Segunda parte

 

1. Don de Temor de Dios

En el Salmo 34:12, leemos: “Venid, hijos, oídme, el Temor de Yahvéh voy a enseñaros”. Es así como comienza en nosotros el trabajo del Espíritu Santo por medio de los dones. Nos enseña el Temor al Señor, que es la veneración de un hijo por su papá, porque Él es bueno, porque dió la vida por nosotros, porque nos perdonó nuestras faltas. No es miedo por el castigo, ya que Dios no es un tirano, sino temor amoroso de que podamos ofender a nuestro Padre. Ese temor nos da equilibrio en todo, el cual produce conformidad, alegría, paz y esperanza de verlo en el cielo, y con esto hace que seamos desprendidos, aún de nuestras opiniones y sentimientos. Este don se relaciona especialmente con la humildad, la esperanza y la templanza. Produce en nosotros horror al pecado, adoración profunda a Dios y desprendimiento de todo. Su bienaventuranza es: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”.

 

La soberbia y el orgullo se oponen totalmente a este don, y nos disponemos a que el Espíritu Santo actúe en nosotros por medio de él, pensando en la grandeza de Dios, tratándole con confianza, y dándonos cuenta de lo triste que es ofenderlo por el pecado.

 

Cadenas del pecado

2. Don de Fortaleza

Nos da fuerza para buscar a Dios: “Yahvéh es mi fuerza” (Isaías 12:2), nos hace constantes para luchar contra nuestras debilidades, nos da fuerza divina, infinita, hasta hacernos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil. 4:13), y eso nos da paz. Nos hace tener hambre y sed de Dios, de santidad, con una invencible confianza que nos hace llegar a las virtudes heróicas, sabiendo que es Dios quien lo hace todo. Su virtud es la fortaleza, que es semejante al don, pero nos deja con cierta ansiedad y temblor por nuestra debilidad, es decir, tiene el modo humano, en lugar del modo divino, que nos da seguridad y confianza. Su bienaventuranza es: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos”, que es;

una hartura de goces espirituales intensísimos con que Dios llena. Los vicios que se le oponen son la flojera, el miedo desordenado, la timidez. (II Tim. 1:7). Se fomenta cumpliendo el deber aunque nos cueste, pidiéndole a Dios nos de su fuerza para llevar la cruz alegremente, con mortificaciones voluntarias y con la Eucaristía, pan de vida y fuerza de Dios. Si no vencemos estas cosas no tendremos el Don de Fortaleza.

 

Holgazanería Miedo tonto

3. Don de Piedad

Simplifica nuestras relaciones con Dios, haciendo que nos sintamos realmente hijos suyos, (Rom. 8:16) y por eso sentimos que los demás son nuestros hermanos. Nos hace entregarnos a Dios y a los demás con generosidad y amor, quitando dificultades en nuestro trato con los otros, haciéndonos mansos y humildes. Sus principales efectos son: gran ternura hacia Dios nuestro Padre, abandonarnos tranquilos en sus brazos, y amar al prójimo como hermano. Su virtud es todo lo que es culto a Dios, o sea la de religión, y la justicia; su bienaventuranza principal es: “Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra”. Es la bienaventuranza de la dulzura.

 

Impedimos el desarrollo de este don con la dureza de corazón, la incredulidad, impiedad, etc. Se fomenta cultivando el amor de hijos de Dios, y el amor a todas las cosas como pertenecientes a la casa del Padre, con total abandono en brazos de Dios. Además, tratando a todos como hermanos amados, hijos del mismo Padre.

 

4. Don de Consejo

El Espíritu Santo les enseñará todo y les recordará lo que les dije (Jn. 14:26). Este don nos hace entender la voz intima de Dios, ayudándonos a actuar prudentemente, pero con decisiones rápidas, seguras, como si nos asomáramos a la mente divina y allá viésemos cómo debemos portarnos y cómo se deben portar los demás. Corresponde al carisma de discernimiento, pero siendo un hábito en nosotros.

 

“Habla Señor, que tu Siervo escucha” (1 Samuel 3:10). Es el don que más ansían los que gobiernan algo, un país, una Iglesia, una Comunidad. Su virtud es la Prudencia y su bienaventuranza es: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”, porque nos enseña que seremos juzgados como juzguemos a los demás, perdonados como perdonamos, etc.

 

Nos oponemos a él con la precipitación, la temeridad, la confianza en las propias fuerzas. Se fomenta por la humildad, la reflexión, el silencio para escuchar a Dios y nuestra docilidad hacia los que Dios nos pone como superiores.

 

5. Don de Ciencia

Dios condujo al justo por caminos rectos y le mostró el Reino de Dios y le comunicó la Ciencia de los Santos. (Sab. 10:10). Esa ciencia de los santos, es el Don de Ciencia, que nos hace reconocer el verdadero valor de las criaturas. “¿De qué aprovecha ganar todo el mundo si pierde su alma? (Lc. 9:25) Todo lo creado es frágil e inestable, pero nos elevará a Dios si pensamos que fue hecho por El, y que tiene el reflejo de su belleza infinita, Nos impulsa al desprendimiento total, aún de nosotros mismos, a la aceptación de humillaciones y sufrimientos porque nos asemejan a Jesús, despreciándonos a nosotros mismos por nuestra nada y nuestra tendencia al mal, pero sin perder nunca nuestra conciencia de hijos de Dios, lo cual nos da gran dignidad humana y nos lleva a amarnos a nosotros mismos, para así poder amar a los demás como a nosotros. Hay muchos ejemplos entre los santos de cómo actúa este don, como San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz, (Mil gracias derramando….) etc. Este don nos enseña a juzgar rectamente, nos guía en lo que debemos creer, nos muestra el estado de nuestra vida espiritual, nos desprende de todo. Sus virtudes son el conocimiento de Dios y la Fe. Su bienaventuranza: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Este llanto es por errores y faltas, por los del mundo entero, por los sufrimientos de los hermanos.

 

 

Lo contrario es la ignorancia culpable y la presunción en la ciencia humana. “Gracias te doy, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños” (Mat.11:25). Se fomenta considerando la vanidad de las cosas terrenas, relacionando todo con Dios, oponiéndose al espíritu del mundo, procurando la limpieza constante en el corazón, sin faltas voluntarias, pero también quitando el sentimiento de culpabilidad, seguros de la salvación del Señor.

 

6. Don de Entendimiento

Por este don, nuestra inteligencia, por la acción del Espíritu Santo, como que penetra en las verdades reveladas. Es como levantar el velo, como ver lo que ni ojo vio, ni oído oyó, etc. (I Co. 2:9-12). Es como una intuición de las cosas divinas, y aún de las naturales: es el don de la intuición. Se funda en la fe, que es obscura, pero por el don de entendimiento como que se iluminan las cosas divinas, como que podemos separar lo verdadero de lo falso. Comprendemos también lo que los símbolos de la Biblia significan, nos ayuda en la oración hasta llegar a la Contemplación que es la luz de los que aman a Dios. Hay momentos en que entendemos cosas de Dios que antes no habíamos comprendido, y es por el don de Entendimiento. Nos hace conocer a Cristo, que estamos salvados, cómo y por qué, que estamos sellados por el Espíritu Santo, etc. Está íntimamente unido a la virtud de la FE, que por este don llega a ser heroica. Hace que, en cierto modo, podamos ver a Dios, que tengamos el verdadero sentido de Cristo (I Co. 2:16), es decir su pensamiento. Su bienaventuranza es: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”, porque nos limpia la mente y el corazón, quitando las basuras, los errores contra la fe, y hace que entendamos más a Dios.

 

Sus vicios contrarios son ceguera espiritual, y la miopía espiritual, provocados generalmente por la lujuria y la gula, pues nada impide tanto que el entendimiento vuele, como la materialidad excesiva. Se fomenta viviendo de fe, procurando la pureza del alma y cuerpo, con silencio interior, fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo y llamando con frecuencia a este Divino Espíritu, recordando a Jesús su promesa de enviárnoslo.

 

7. Don de Sabiduría

Este don es el más alto, el que lleva a su perfección la caridad de la cual es inseparable. Nos une a Dios en esa unidad que pidió Jesús: Tú en mí y yo en ellos, para que sean perfectamente uno (Juan 17:23) y esa unidad con Dios nos hace penetrar como por una experiencia íntima, en Dios mismo. Gustad y ver qué bueno es Yahveh (Salmo 34:9). Nos muestra a Dios como la bondad infinita, nos enseña a ver con los ojos del Amado, por los ojos de Dios. Vemos las cosas a lo divino.

 

El don de Sabiduría abarca todas las cosas de la fe, principalmente a Dios mismo; el don de Entendimiento, comienza a enseñarnos la Contemplación, y el de Sabiduría, es el don de la Contemplación, de la oración profunda.

 

Jesús es la Sabiduría del Padre, por el don de Sabiduría nos transforma en Jesús. San Pablo, en II Co. 3:18, nos dice: “Nosotros, contemplando la Gloria de Dios, nos vamos transformando en su misma imagen de claridad en claridad”. Es así, de claridad en claridad, como nos va este don transformando en Jesús y al transformarnos en El, nos da un conocimiento profundo de las cosas divinas. Podemos considerar a este don, como las alas de la vida espiritual; hace que la caridad vuele, quitando mezquindades, prudencias humanas y raquíticas, llevándonos a lo que debe ser normal en la vida cristiana y más que la vida de unión con Dios, de transformación en Cristo.

 

Su virtud, es la Caridad: su bienaventuranza es: “Bienaventurados los pacíficos (o los que trabajan por la paz), porque serán llamados hijos de Dios”, ya que vivir en Dios es tener su paz y transmitirla a los demás, deshaciendo agresiones y violencias.

 

Se oponen a la Sabiduría la necedad espiritual, la lujuria y la ira, la fatuidad, la estupidez voluntaria por sumergirnos en las cosas terrenas, pues nos dice San Pablo: “El hombre naturalmente no comprende las cosas del Espíritu de Dios” (I Co.2:14). Se fomenta por el recogimiento o silencio interior, fidelidad a la gracia o inspiraciones, la humildad, llamar continuamente al Espíritu Santo, procurar ver todo desde el punto de vista de Dios, no apegarse a nada del mundo, ni aún a las cosas espirituales, sino sólo a Dios, disponernos para servir a Dios en la sequedad o en la dulzura, como Él quiere, buscando al Dios de los consuelos, y no los consuelos de Dios.

 

Conclusión

 

Al estudiar los dones, no queremos llenarnos de conocimientos, sino estar conscientes del mundo divino que llevamos dentro, de que bajo el impulso del Espíritu Santo , todo es armonioso,

porque todo es un canto de amor y tiene las dulzuras del amor. Y eso se traduce en alabanza.

 

Pero para entrar en esa armonía de alabanza, hace falta que nuestro corazón esté en cada instante listo para abrirse al Espíritu de Amor, a sus deseos y a su acción; tener corazones dispuestos, almas atentas, dóciles a sus aspiraciones, para que sea nuestro santificador. Si está Él en el centro de nuestras almas, las convertirá en una sola alabanza apasionada y armoniosa: la del amor divino.

 

Y en nuestra Renovación en el Espíritu Santo, debemos gritar, clamar para que toda la Iglesia se entregue a Él, y que movida e impulsada por Él, sea un maravilloso concierto de alabanza a nuestro Dios.

 

 

 

 

 

Los Frutos del Espíritu Santo

 

San Pablo, en Gálatas 5:22, enumera algunos de los Frutos del Espíritu Santo: Caridad, Gozo, Paz, Paciencia, Bondad, etc. Vamos a ver lo que son esos Frutos del Espíritu Santo y cómo podemos hacer que crezcan y se desarrollen en nosotros.

 

El Espíritu Santo produce en nosotros orden espiritual, una ordenación de todo nuestro ser, lo que constituye la santidad; es decir, nos da la madurez y perfección espiritual, que son producidas por los Frutos del Espíritu.

 

Las plantas, cuando han llegado a cierta madurez, dan frutos. En la Escritura se compara el alma con un huerto. Cantares 5:1, dice: Venga mi Amado a su huerto y sáciese con el fruto de los manzanos. El alma es un huerto en el que el Espíritu Santo ha puesto la gracia “semilla divina”, con todas las virtudes y dones, y esa gracia, al madurar, produce los FRUTOS.

 

En el Paraíso, todo era orden y armonía. Nuestros primeros Padres obedecían al Señor y el Espíritu de éste hacía que los frutos se desarrollaran lentamente en ellos. Vino el pecado y esa armonía se rompió. Dios dejó de ser lo único importante para el hombre, el cual decidió, desobedeciendo, hacer su propia voluntad, apartándose de Dios, y entonces, los frutos del Espíritu Santo, ya no pudieron hacerse evidentes.

 

La gracia restablece en nosotros algo de la armonía del Paraíso ordenando nuestro espíritu, nuestros afectos, sujetando de nuevo nuestro ser a Dios. Pero esta obra es generalmente lenta y cada vez que ordenamos una parte de nuestra vida, lo que a veces tiene que ser con ayuda de la reprensión o llamada de atención del Señor, vienen los frutos celestiales. (Heb.12:11)

 

Podemos decir que el FRUTO DEL ESPIRITU SANTO es una acción supernatural en una persona que ha llegado a cierta madurez espiritual, acción que produce un gozo especial.

 

Cuando comenzamos la vida espiritual, generalmente el Señor nos llena de dulzuras para atraernos; luego, cuando le hemos dado el corazón por completo, las va retirando poco a poco de nosotros para que el dolor y la cruz realicen su trabajo de purificación (I Pe. 4:13). Cuando hemos logrado ordenar una parte de nuestra vida por medio de las virtudes, de los dones, de nuestro esfuerzo, entonces vienen los Frutos del Espíritu Santo, que nos preparan para una nueva etapa en la cual tendremos que ordenar otra parte que sigue en desorden. Por eso no se puede deducir el estado de una persona porque goce o porque sufra: el gozo significa que ha dado un paso en la vida espiritual; pero el sufrimiento o la sequedad pueden significar que esté avanzando más todavía. No debemos buscar el gozo, sino a Dios, debemos unirnos a su voluntad, caminar por los caminos que Él nos marque. (Stgo. 1:12).

 

Los Frutos del Espíritu se pueden alcanzar por tres medios principales:

Por la oración, que es la llave que abre los tesoros divinos: Todo lo que pidieres al Padre en mí

nombre, Él os lo concederá (Jn. 16:24). Hay que pedir y desear los frutos porque es el principal medio para alcanzarlos (Jn. 15:16).

Quitando los obstáculos que se oponen a ellos, las acciones que estorban, el apego a las cosas de la tierra, a los vicios, a las riquezas; es preciso que alejemos de nuestra vida todo aquello que nos impide gozar las cosas de Dios, que tiremos todas las barreras entre Él y nosotros. San Pablo en

I Co. 2:14, dice: El hombre animal no percibe las cosas del espíritu de Dios.

Y así es: si estamos dedicados a las cosas de la tierra, nuestro paladar espiritual no puede saborear las cosas naturales, pero siempre y cuando sean lo que Dios quiera para nosotros, siempre que no nos alejen de Él, que no interrumpan nuestra relación con Él (Jn. 15:5).

Es necesario esforzarnos y trabajar. Cada Fruto indica que hemos ordenado espiritualmente una parte de nosotros mismos; nuestra santificación en un proceso de orden; vivir espiritualmente es ordenar nuestros afectos y nuestras acciones. San Agustín decía que la virtud es el orden en el amor. Y ese orden debe existir en nuestros actos, en nuestros pensamientos, en todo; y para lograr eso, necesitamos esfuerzo.

 

Cada etapa de este proceso de orden, tiene por resultado Frutos más o menos maduros del Espíritu Santo, y si queremos alcanzarlos, tenemos que trabajar, unidos al Señor (Fil. 2:13), para adquirir las virtudes; tenemos que permitir que el Señor vaya poco a poco purificando nuestra alma; tenemos que amar más, avanzando en el camino de la perfección. Es decir, que los medios para producir los frutos, son las virtudes y los dones.

Árbol de nuestra vida cristiana.

“La raíz es amor, crece por amor y produce frutos de amor”

 

El primer Fruto que nombra San Pablo es el AMOR. Tenemos que ser conscientes de que no basta hablar de amor. Tenemos que amar verdaderamente al Señor y por Él a todos nuestros hermanos, demostrando con nuestras obras que realmente los amamos. El orden que debemos poner en nuestra alma debe tener por raíz la virtud de la caridad, o sea el amor. El amor; en este orden crece por el amor y se completa por el fruto Amor. El amor es la clave de nuestra vida, por eso San Agustín dijo: “Ama y haz lo que quieras”.

 

La doctrina de Jesús es amor, la vida espiritual es amor; y cuando este amor ha ordenado nuestro corazón brota ese fruto precioso del amor que es el gozo de amar. En Rom. 5:5, leemos, “La Caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Por eso, podemos decir que el amor es la imagen del Espíritu Santo. Al derramarse en nosotros el Espíritu del Señor por el bautismo en el Espíritu, nos produce una imagen de su hermosura, que es el amor. Y de la madurez de este amor en nosotros, de cultivarlo, dejarlo crecer y desarrollarse, brota el Fruto Amor y de él, el Gozo de amar, después la Paz, y así los demás frutos. (Recordar Gálatas 5:22)

 

Al pensar en los frutos del Espíritu Santo, así como en sus dones, como que se nos abren horizontes en nuestra vida espiritual. Sabemos que tenemos un camino que recorrer, una meta por alcanzar, pero sabemos también que con la mirada fija en el Señor, buscándolo a Él siempre, el Espíritu Divino nos lleva como sostenidos por alas celestiales, y que si nosotros ponemos lo que podamos de nuestra parte, Él pone todo lo necesario para hacernos llegar a la meta, a nuestra transformación en Cristo Jesús.

LOS CARISMAS

Primera parte

 

El Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que, distribuyéndolos a cada uno según quiere

(1 Co. 12:11), reparte entre los fieles gracias de todo género, aún especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le otorgan la manifestación del Espíritu para común utilidad (1 Co. 12:7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo”. (Concilio Vaticano II, Const. Sobre la Iglesia, Cap. 2 No 12).

 

Como vemos, el Concilio nos habla claramente de que para la santificación del pueblo de Dios, para el enriquecimiento de la Iglesia, el Espíritu Santo, además de los sacramentos y de las virtudes, reparte entre los fieles los carismas. La dimensión carismática es el equipamiento que da el Espíritu Santo a la Iglesia para hacerla crecer.

 

La palabra CARISMA significa don gratuito y viene del griego “Karis” que significa gracia. En el Nuevo Testamento se refiere generalmente al primero de los dones, que es el Espíritu Santo mismo que al derramarse en nuestros corazones siembra en ellos la caridad (Rom. 5:5). La presencia del Espíritu Santo en la comunidad se manifiesta a través de dones gratuitos al servicio de la misma comunidad y también de toda la humanidad que por cada asamblea de fieles se encuentra injertada en esa gran comunidad humana.

 

Los carismas son un don personal, que no significa ningún mérito por parte de la persona, con una función social, en orden a la propagación del Reino de Dios. Son una manifestación libre y gratuita del Espíritu Santo en el creyente, a través de él y más allá de sus capacidades o habilidades, habiendo recibido previamente el don del Espíritu, y su finalidad es edificar el cuerpo de Cristo.

 

Los Apóstoles recibieron el Pentecostés, junto con el don del Espíritu, el carisma de lenguas y pudieron así expresar en diferentes idiomas las grandezas de Dios. ´Más tarde vemos que en la primitiva comunidad cristiana, al recibir el don del Espíritu, “oraban en lenguas y profetizaban” (Hechos 19:6). Pablo enumera algunos dones o carismas frecuentes en las reuniones primitivas. También vemos en varios lugares, que Pablo desea y pide al Señor que les dé carismas a las distintas Iglesias. (Ef. 1:16-17) (1 Co. 14:5).

 

Podemos considerar que CARISMAS y MINISTERIOS son el equipo del pueblo de Dios para la edificación del Cuerpo de Cristo.

 

El lugar sobresaliente que ocupaban los carismas en las comunidades primitivas se fue perdiendo con el tiempo, más nunca dejó de existir. Durante la época posterior a la Reforma, la Iglesia Católica defendió la autenticidad de lo carismático y místico contra el desprecio y los ataques de los reformadores. En todas las épocas ha habido personas carismáticas que han tenido gran influencia en la Iglesia en la época en que vivieron y que han dejado su influjo permanente en la espiritualidad.

Hay diferencia en el papel que han desempeñado los carismas en otros tiempos y en el que tienen actualmente en la Renovación en el Espíritu Santo; en otros tiempos se les asociaba a personalidades extraordinarias.

Ejemplo: Carisma de curación

El Señor sanando a un niño por medio de San Juan Bosco.

 

Y ahora se les considera como dones generales y frecuentes en la comunidad y para el provecho de la misma.

Brevemente veamos algunas diferencias que existen entre los carismas o dones extraordinarios del Espíritu Santo y los otros dones.

1. Los carismas son para los demás, no para la persona que los recibe y en cambio los otros

Dones son para la santificación del individuo.

 

2. Los carismas no indican santidad de la persona, sino sirven para ayudar a llevar a otros a la

Santidad. Los otros dones sí indican crecimiento espiritual.

 

3. De lo anterior se deduce que hay una relación estrecha entre carisma y comunidad y los otros

Dones no la requieren necesariamente.

 

4. El carisma es de suyo temporal, se puede tener un día y al otro no; los otros dones tienen

mayor estabilidad en la persona, por ser consecuencia de una mayor unión con Dios.

 

Desde luego podemos considerar que los dones del Espíritu que contribuyen a la santificación personal son de mayor importancia que los carismas, porque el propósito de los dones y gracias del Espíritu Santo es siempre la mayor unión del hombre con Dios. Por consiguiente, no debemos darle una importancia exagerada a los carismas, sino que debemos estar mucho más pendientes de nuestra santificación que de profetizar, alabar en lenguas, etc. pues si no lo hacemos así, dejaríamos de preocuparnos por nuestro verdadero acercamiento a Dios.

San Juan de la Cruz reconoce el valor de los carismas; que vienen de Dios y que Él nos los da para servir a los demás; que Él puede instruirnos por medio de visiones y otras formas carismáticas, pero advierte del peligro que pueden tener de hacer que quedemos expuestos a engaños del enemigo o de la propia imaginación, de que seamos tentados por la vanagloria, de que nos apeguemos demasiado a ellos, etc. (Subida al monte Carmelo, libro No. 3, cap. 29,31).

No podemos negar que este peligro es real y puede ser el que ha causado tantos ataques y dudas hacia la Renovación. Pero también estas reacciones pueden ser causadas sencillamente porque ya no estábamos acostumbrados a esas experiencias carismáticas que Dios está permitiendo ahora, nada más porque ÉL quiere.

 

 

 

San Pablo, en 1 Co. 12:7-11, enumera 9 carismas, que son:

1. Palabra de sabiduría

2. Palabra de ciencia

3. Fe

4. Carisma de Curaciones

5. Operaciones de milagros

6. Profecía

7. Discernimiento de Espíritus

8. Diversidad de lenguas

9. Interpretación de lenguas

El mismo san Pablo nos habla de otros carismas, hasta llegar a unos 30, pero hasta ese número es incompleto, pues la acción del Espíritu Santo se puede presentar con innumerable matices.

 

Los carismas que cada uno posee son personales, nos vienen del Espíritu que nos los da como Él quiere y para lo que Él quiere. San Pablo nos aconseja aspirar a los carismas superiores (apóstol, profeta, y maestro) e inmediatamente después nos indica que ningún carisma sería importante sin la caridad, que es por tanto a la que debemos buscar ante todo, pero aspirando también a los dones espirituales. (1 Co. 12:27, 13, 14:1) Una comunidad será tanto mejor, cuanto más reine en ella el amor y cuanto más se desarrollen entre sus miembros los carismas superiores, no enviando nunca que el Don que está en nosotros es la raíz de todos los dones y se manifiesta cuando y como quiere.

 

Nuestras capacidades naturales algunas veces pueden convertirse en carismas, si las ofrecemos al Señor y le pedimos que las use para su servicio. Por ejemplo. La diferencia entre un maestro carismático y uno que no lo es, se notará en que uno producirá únicamente conocimientos y en cambio el otro llega a los corazones y produce vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS CARISMAS

Segunda parte

 

Entre los carismas que pueden presentarse en el pueblo de Dios, manifestando la acción del Espíritu Santo en dicho pueblo, hay algunos que ya sea por la frecuencia con que se presentan, ya porque son fácilmente reconocibles, ya porque son mencionados específicamente en la Palabra del Señor, merecen especial atención.

Entre estos carismas pueden hacerse dos grandes divisiones: los carismas de revelación y de enseñanza, y los carismas de poder.

 

Carismas de Revelación y de Enseñanza

 

Están íntimamente ligados a una frase de Juan el Bautista: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya” (Jn. 3:30). A medida que vamos muriendo a nosotros mismos, a medida que el hombre carnal va desapareciendo, los sentidos espirituales se despiertan y crecen, vamos comprendiendo a Cristo y Él puede cada vez más actuar en nosotros y a través de nosotros.

 

Hay que recordar las palabras de Jesús a Nicodemo: “El que no nazca de lo alto, no puede ver el reino de Dios”, Nacer de lo alto es nacer del Espíritu, es permitir que sea el Espíritu del Señor el que dirija nuestra vida, es comenzar a ver con los ojos de Jesús, sentir con su corazón, percibir y discernir lo que es de Dios y lo que no lo es; en pocas palabras, es irnos transformando poco a poco, minuto a minuto, en otros Cristos. Mientras más se abren y limpian nuestros canales espirituales, más se manifiesta el Espíritu en nosotros.

 

Cuando estamos atentos a su voz, cuando somos dóciles y nos prestamos a ellos, el Espíritu Santo, para enseñar al pueblo lo que Jesús nos enseñó, nos da sus dones de revelación y de enseñanza, dones que tienen como base la fe. Necesitamos la fe para creer en estos dones, para creer que el Señor se nos está manifestando, nos está dando su palabra para los demás, que quiere, por medio de nosotros, que su mensaje llegue a otros. La fe que necesitamos para esto es la FE COMO DON, regalo que el Señor nos hace para creer firmemente en su palabra.

 

Esta fe es parecida a la confianza que Jesús tenía en su Padre. Estaba tan de acuerdo con Él, que sabía con certeza que lo que Él hiciese, su Padre lo respaldaría. Así nosotros necesitamos estar de acuerdo con Jesús, totalmente de acuerdo, tener confianza de que el Espíritu Santo está manifestándose en nosotros o a través nuestro, porque proclamamos su palabra, no la nuestra. Todo esto siempre sujeto al discernimiento de los pastores y de la comunidad en general.

Vamos a tratar de explicar muy brevemente los principales de estos carismas.

 

La palabra de sabiduría

 

Es una revelación al espíritu del creyente mediante la cual éste entiende algo especial de Dios, o bien cuál es su voluntad en determinada cosa o situación. Al recibir esta revelación, si va dirigida a nosotros mismos, la aplicamos a nuestra vida, o bien la damos a conocer a los demás si es para ellos.

Fue palabra de Sabiduría la que tuvo Pedro cuando a la pregunta de Jesús de quien creían que era Él, contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. El mismo Jesús le dijo que eso no se lo había revelado la carne ni la sangre, sino su Padre.

En este pasaje se nota también que un carisma puede no ser permanente, porque instante después esa luz de sabiduría ya no iluminó a Pedro, al no entender éste la misión salvadora de Jesús, y tratar de disuadirlo de su voluntad de tener sufrimiento y llegar a la muerte.

 

No debemos olvidarnos de pedir al Señor constantemente que nos de la sabiduría, para poder entenderlo.

 

La palabra de conocimiento

 

Es estar tan íntimamente unidos a Jesús, conocerlo tan bien, que cuando estamos en determinada situación sabemos si aquello viene de Él o qué es lo que quiere en ese momento. Es un conocimiento de los gustos de Jesús, que podrían explicarse pensando en que cuando dos personas se conocen y se quieren, se han tratado mucho, cada una podría adelantarse a decir lo que la otra desearía o resolvería en determinado momento o circunstancias. Así, unidos a Él como un solo cuerpo, como una sola persona, sabemos lo que Él siente, podemos decir a los demás si tal o cual cosa es de Jesús, si viene de Él, lo cual les evita perder el tiempo, dar vuelta en su camino hacia el Señor. Como esta palabra de Conocimiento viene de Dios, sirve para ayudar y servir a las personas.

 

Discernimiento

 

Este carisma está muy unido al anterior. Nos hace saber si una cosa viene de Dios, del espíritu humano o del enemigo. Debe ser un carisma muy puro, despojado de toda idea premeditada, en una persona que se entrega totalmente al Señor para que sea verdaderamente la luz de Él la que la guíe en las decisiones, pues es muy peligroso que personas que están influenciadas por determinadas ideas, por circunstancias pasadas, por habillas de otros o por cosas parecidas, crean tener el carisma de discernimiento cuando únicamente están siguiendo sus propias ideas preconcebidas.

 

Profecía

 

La profecía es hablar la misma palabra de Dios para los demás. Es un impulso muy fuerte del Señor para dar a otros un mensaje, como si estuviese hablando Cristo mismo.

 

En esto puede mezclarse la imaginación, por lo que debemos ser muy humildes y dejar que la Comunidad juzgue por medio del discernimiento, cuándo es realmente palabra del Señor y cuándo somos nosotros mismos reflejando algo que deseamos que sea como nosotros pensamos. “Los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas, pues Dios no es un Dios de confusión sino de paz” (1 Co. 14:32-33)

 

Cuando este carisma no es muy claro y estamos conscientes de que se puede mezclar algo nuestro en lo que decimos, podemos comenzar con: “Me parece que el Señor dice…” Cuando estamos totalmente seguros porque la luz del Señor es muy intensa, entonces decimos “Esto dice el Señor…”

 

El profeta tiene que tener preparación especial para abrir canales a la profecía. Así lo vemos en el Antiguo Testamento en Jeremías, Ezequiel, Jonás… Después de esta preparación especial, viene la proclamación del mensaje.

 

Para estar seguros de que una profecía es real, debe haber varios elementos: en primer lugar, el envío del Señor. Obediencia y aceptación de la persona enviada, dejándose usar del Señor para proclamar su palabra; pureza de motivo, desapareciendo ella misma para que no se mezclen intereses humanos en la palabra del Señor, y humildad. En esta humildad es en la que debe consistir principalmente la preparación de una persona que nota que el Señor quiere usarlo en profecía.

 

Lenguas

 

El carisma de Mensaje en Lenguas e Interpretación del mismo, puede ser considerado como una profecía por medio de dos personas. Cuando el Señor da a alguien el impulso fuerte de clamar un mensaje en lenguas, siempre da a otra persona la interpretación del mismo, o de una parte, y otra, del resto del mensaje. Si en la asamblea no hay interpretación, puede presumirse que el mensaje no vino del Señor.

 

El Hablar en lenguas es tal vez el carisma más frecuente en la Renovación en el Espíritu Santo; sirve para la propia edificación, es un don de oración, en ocasiones sirve para reforzar nuestras peticiones a Dios, pues al no saber orar como conviene, es el Espíritu dentro de nosotros alabando a Dios, pidiendo lo necesario, etc.

 

Cuando se nota en una Comunidad que el Señor quiere usar a una persona para proclamar la palabra de Dios en alguna forma, hay que estar atentos a lo que el Espíritu Santo quiere de ella, pues debe ser Él el que indique a quién quiere usar para Enseñanza. Podemos considerar como una señal clara de esta elección del Espíritu el que la enseñanza ya sea vida en la persona, que ya sea experiencia propia lo que se va a dar a los demás. Se recibe del Espíritu y se da a los hermanos.

 

Por eso la enseñanza no puede ser rígida; cuando ya se confía en la persona que enseña, ésta debe estar abierta para recibir en la oración lo que el Espíritu Santo tiene para el grupo, que regularmente será en la línea de lo que debe enseñar ese día. Esa enseñanza del Señor puede ser también en el instante mismo en que se está enseñando, y lo mismo puede decirse respecto a las personas que preparan las clases que otros deben enseñar. Se recibe agua viva del Señor y esa agua, como río, debe salir hacia fuera para entregarse a los demás, a todos, no solamente a unos cuantos sino a todos los que deseen recibirla.

 

Carisma de Poder.

 

Los llamados carismas de poder, aunque siempre tienen en el fondo una revelación del Señor que impulsa a la persona a obrar, como se manifiestan en forma más abierta el poder de Dios, son principalmente los carismas de curación y las obras de milagros. Vamos a tratar brevemente de estos carismas, pues hay libros muy conocidos y artículos relacionado con esto que pueden servir a la persona que tenga especial interés en aprender más en este terreno.

 

Carisma de Curación.

 

Consiste en que Dios usa a una persona como instrumento suyo para curar alguna enfermedades o trastorno de una persona aplicando en esto su poder, que se manifiesta tanto más, cuanto más rápida es esa curación.

 

Hay distintas clases de curación: curación física, curación interior y liberación de espíritus malos, y parece que el Señor da una cierta especialización a las personas en estos tres tipos de curación aunque de hecho sea el mismo carisma, especialización que se va descubriendo y confirmando poco a poco, a medida que se nota la respuesta del Señor a la oración de la persona.

 

No se debe confundir la oración por curación con el carisma de curación. La primera es una petición a Dios, en el nombre de Jesús, en la unidad del Espíritu Santo, para que sane a la persona. El carisma es una oración inspirada que más bien es un mandato: “En el nombre de Jesús queda curado”... En este caso la persona conoce de manera misteriosa la mente de Dios y puede hablar en su nombre, como si estuviera con Dios y hablara por Él, en lugar de Él.

 

Cuando estas Curaciones se hacen con derroche de poder de Dios, como por ejemplo Curaciones instantáneas, resucitar a alguien, cosas humanamente imposibles como que aparezcan huesos, órganos o algo semejante, se consideran OBRAS DE PODER, y lo mismo puede decirse de los milagros espirituales.

 

Curación Física

 

La curación física es un carisma que generalmente acompaña al evangelista, según la promesa del Señor: “Impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc. 1618).

Las personas que han sentido este carisma, experimentan que no es algo que ya antes habían pensado hacer, sino que es un impulso del Espíritu, ya sea porque le traigan especialmente al enfermo, ya porque sean enviados hacia algún otro. La persona solamente necesita estar disponible, pues es Jesús el que se manifiesta curando. Cuando en alguna ocasión, al pedir al Señor que cure a alguien, obtenemos respuesta y la persona queda curada, debemos pedirle que nos indique si quiere usarnos como instrumento, y cuando el caso se presente, pedir que nos haga sentir qué quiere para aquella persona, olvidarnos de nosotros, unirnos a Jesús, imponer las manos y orar. Cuando no viene claro el impulso de orar por curación, hacer una simple oración, pidiendo al Señor nos use como canal e instrumento de su amor. Después de un rato de orar, podemos sentir la energía curativa de Jesús y si es así, podemos ordenar la curación.

 

Debemos estar siempre conscientes de que somos únicamente instrumentos del Señor que puede usar o no según quiera. Si la comunidad se da cuenta que el Señor está usando con frecuencia a alguien en especial, debe considerarla con el ministerio de curación, pero teniendo cuidado de orar por la persona, para que sea humilde instrumento del Señor, y de hacerla pensar con frecuencia que el Señor es el dueño del carisma y puede dárselo a cualquier otra persona en el momento que desee.

 

Curación Interior

 

Este carisma consiste en que el Señor, quiere utilizar a determinada persona para ayudar a otra sanando en el interior, curándola de todas las memorias que la inquietan y le quitan la paz, aún de aquellas de las que la misma persona no se daba cuenta que la lastimaban.

 

Como la curación física, la curación interior puede ser lenta o instantánea. Cuando es lenta, el Espíritu Santo va iluminando alguna parte de la persona y curando esa parte; después va haciendo lo mismo con otras partes, quitando complejos, odios, rencores, anormalidades, amarguras.

 

La persona que usa el Señor para esta curación interna, reconoce su incapacidad, sabe que nada depende de ella, que todo es obra de Jesús, el cual generalmente le hace sentir un amor muy grande por la otra persona. Esta, poco a poco, abre ante ella su interior y le deja ver hasta lo más profundo y la luz del Espíritu Santo hace que comprenda la raíz del problema. Hay ocasiones en que la persona no se abre, y en esos casos el Espíritu Santo puede darle un conocimiento especial, por el cual “sabe” en qué consiste el problema; esto puede ser por medio de visiones, o por luz de conocimiento, o por frases o palabras especiales que al ser dichas a la persona hacen que esta rompa la barrera y recuerde cosas que la turbaron en su infancia o en cualquier otra época, que la animen a dejar ver su interior o al menos a reconocer ella misma para poder así ser curada.

 

Esta curación va a las causas profundas, no a los síntomas ni a los efectos, los cuales pueden seguir manifestándose algún tiempo.

La persona que tiene el ministerio de curación interior, debe tener en ella el amor y la delicadeza de Jesús para no producir heridas en lugar de sanarlas, una prudencia y tino exquisitos y sobre todo una gran docilidad al Espíritu Santo, no confundiendo este carisma con una curación sicológica, pues sin estas condiciones, puede ocasionar graves daños en lugar de curación.

 

Liberación de Espíritus Malos

 

Este carisma consiste en un discernimiento profundo por el cual sabemos que un espíritu maligno está ocasionando daño a otra persona y es un impulso fuerte del Señor para orar implorando la liberación de ese daño y ordenar al espíritu malo que se aleje para siempre de la persona. Todo esto se hace en el nombre de Jesús y por su autoridad.

 

No entramos en más detalles acerca de este carisma, por considerar que en general sólo deben ejercitarlo personas debidamente instruida, capacitadas y autorizadas.

 

El carisma de milagros

 

Consiste en sentir a tal grado el poder de Jesús, tener tal seguridad de que Él quiere actuar en ese preciso momento, que se puede pedir algo que está contra todas las leyes naturales, incluso ordenar a los elementos. “Yo os aseguro que quien diga a este monte: quítate y arrójate al mar y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá” (Mc. 11:22-23) Este carisma es el que actúa también en la resurrección de un muerto, en la bilocación, etc.

 

Los carismas son manifestaciones del Espíritu, y aunque éste es libre de manifestarse donde quiera, debemos procurar ser canales limpios, dóciles, disponibles, estar atentos a lo que Él quiera de nosotros, pedirle nos indique qué cosas nuestras están estorbando su acción, qué necesite quebrantar y dominar de nuestra carne y prestarnos a ello, para ser como barro en sus manos de alfarero, para que la comunicación entre Él y nosotros se establezca más fácil y constantemente para servir a los demás.

 

Nota: Algunos escritores contemporáneos no aceptan ninguna distinción entre los carismas y los otros dones del Espíritu; pero hemos preferido seguir en estas clases lo que la mayoría de los teólogos sostienen.

 

MINISTERIOS

El carisma, como veíamos antes, puede ser temporal en una persona, puede manifestarse en ella hasta una sola vez. Cuando parece que el Espíritu Santo ya escogió ese canal habitualmente en la Comunidad para manifestarse mediante determinado carisma, se considera que la persona puede tener el “ministerio”.

 

Los ministerios deben de ser reconocidos por la Comunidad, aceptados por los pastores de la misma y pueden ser consagrados por algún tiempo. Después de un tiempo de observar que el Espíritu Santo usa a alguien en algún carisma, se le pueden imponer las manos, orar por ella en forma especial, ungirla con aceite o cosas semejantes con el objeto de hacer a la persona consciente de la responsabilidad que tiene, haciéndola recordar que el Señor puede quitarle ese carisma en el instante que quiera.

Así como el carisma no es señal de mejoría espiritual, el ministerio sí debe serlo. La persona debe reformarse en crecer en debilidad total hacia Dios, lo cual la llevará a una mayor unión con Él.

 

CARISMAS Y MINISTERIOS EN EL CUERPO MĺSTICO

Nadie puede decir que Jesús es el Señor, si no es movido por el Espíritu Santo. El señorío de Cristo es la base de todos los carismas y de todos los dones; que Él sea realmente el Señor de nuestra vida, que Él pueda utilizarnos como quiera.

Cada uno de nosotros es célula del Cuerpo de Cristo, fecundada por el Espíritu Santo y a partir de esta fecundación, poco a poco se comienza a notar cuál es su función dentro del cuerpo. En un principio no es muy claro el impulso del Espíritu en nosotros, pero si somos dóciles será cada vez más fuerte y nos señalará nuestro puesto. El impulso puede ser ocasional (carisma) o frecuentemente en un mismo orden (ministerio)

Si todavía no sabemos que función tenemos en el cuerpo místico de Cristo, debemos pedir al Espíritu Santo que nos lo revele. Es importante no dejarnos llevar por la sensibilidad, por lo que nos gusta, sino estar en absoluta docilidad al Espíritu. Si le entregamos nuestra vida, si permanece os atentos a sus inspiraciones abriéndole nuestra voluntad, nos irá indicando lo que quiere de nosotros, en qué quiere que le sirvamos, cómo podemos ser útiles. Si somos dóciles, y a la medida de nuestra respuesta nos irá utilizando una vez más y entenderemos con mayor claridad lo que desea de nosotros.

Los carismas y los ministerios son para la Comunidad. Para el Cuerpo de Cristo; son los instrumentos que el Espíritu Santo nos da para servir a ese cuerpo, y aunque todos somos necesarios, es Él el que debe indicar qué parte somos cada uno. El papel de cada uno es importante y único, pero puede ser un papel que no nos gusta, que no es el que queremos y entonces hacemos resistencia pero si con corazón y voluntad abiertos nos entregamos a Él, poco a poco nos estableceremos en nuestro lugar, que lo será por el momento, mientras Él así lo quiera, y debemos quedar siempre abiertos para que nos cambie en cualquier instante.

No somos células aisladas, unas serviremos para alimentar el Cuerpo, otras para defenderlo, otras para limpiarlo, pero todas útiles guiadas por Cristo, Cabeza de nuestro cuerpo Místico y por sus representantes, las cabezas visible de la Iglesia. Tenemos que pedir al Señor mucha humildad, despojarnos de nuestro YO, para que podamos colocarnos bien en el cuerpo, reflejada la Gloria del Señor, transformándonos en esa misma imagen, cada vez más gloriosa, conforme a la acción del Señor, que es Espíritu (2 Co. 3:18)

Cuando haya duda en las mociones del Espíritu Santo, debemos pedir la guía espiritual, especialmente del sacerdote confeso o Director Espiritual y cuando esto no sea posible, al menos a los líderes inmediatos de la Comunidad, recordando que el que manda puede equivocarse, pero el que obedece a quien debe, no se equivoca nunca.

 

Categories: Temas de Clases y Conferencias

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2 Comments

Reply jorge
1:05 AM on February 22, 2016 
Bendito seas Dios padre x mandarnos su santo espiritu
Reply ELIZABETH OTERO
3:56 PM on May 24, 2015 
espiritu santo ven y quedate4 aqui