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LA EUCARISTIA EN EL NUEVO TESTAMENTO

Posted on January 15, 2014 at 11:40 PM

EL ANUNCIO DE LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE JESÚS

 

1) Jesús, el verdadero esposo

 

Juan el Bautista presenta a Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29) y como el verdadero Esposo, a quien pertenece la esposa (cf. Jn 3,27-30).

 

En los primeros días de su vida pública, Jesús, junto con su madre y sus primeros discípulos, asisten a una boda en Caná de Galilea (cf. Jn 2,1-12). Su madre le dice que los novios no tienen vino. Jesús responde con una frase misteriosa: «Todavía no ha llegado mi hora».

 

Pero hace el milagro a peticion de la madre y dice el evangelista, Jesús «manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él».

 

Pero toda esta escena está cargada de un profundo simbolismo. Es un «signo» que anticipa y anuncia otra boda y, por tanto, otros esposos.

 

Jesús, cuando le llegue «su hora», la de la cruz, será realmente glorificado por el Padre (cf. Jn 17,1), porque será entonces cuando, derramando el vino nuevo de su sangre y entregando el Espíritu (cf. Jn 19,30.34), creará a su Esposa, la Iglesia, dándoles una nueva madre, una nueva Eva, en la persona de esa «mujer» que ha forzado la anticipación en Caná y estará también presente junto a la cruz (cf. Jn 19,25-27).

 

Y esa boda en la que Jesús recrea y se une esponsalmente a sus discípulos, es la que tiene lugar siempre que comemos su carne y bebemos la verdadera bebida de su sangre.

 

 

2) Jesús come con pecadores

 

Las comidas tenían un sentido sagrado para los judíos, porque expresaban la comunión con Dios y también la comunión con todos aquellos que participaban en la comida.

 

Jesús introduce una gran novedad, ya que, no solamente come con sus amigos, sino que se sienta a la mesa con pecadores, publicanos marginados y gente de mala fama (cf. Mc 2,13-17; Lc 15,1-3; Lc 19,1-10).

 

Los de su tiempo le recriminaron esta conducta: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les contestó que con ello estaba cumpliendo la esencia de su misión: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Y les contó las tres grandes parábolas de la misericordia, la oveja, la moneda y el hijo perdidos y reencontrados (cf. Lc 15), en las que anuncia que nadie queda excluido de la comunión con Dios, porque en el Reino de Dios no hay fronteras para el perdón, para el amor de Dios y la salvación.

 

Todas estas comidas son un signo de reconciliación, que anticipan lo que después sucederá en el banquete eucarístico, en el que Jesús ofrecerá la reconciliación a los pecadores de todos los tiempos.

 

3) Jesús alimenta a los hambrientos

 

Jesús realizó dos multiplicaciones milagrosas de panes y peces (cf. Mc 6,34-44; 8,1-10). Las circunstancias de los dos milagros son parecidas. Una gran multitud acude a oír a Jesús, que siente lástima de ellos «porque estaban como ovejas sin pastor». Pero, además, siente también compasión «porque no tienen qué comer», y multiplica los pocos panes y peces que tienen sus discípulos.

 

En las dos escenas Jesús se presenta como el pastor que realiza a la vez dos misiones: enseñar y alimentar. Y en las dos misiones involucra a sus discípulos, que acaban de tener su primera experiencia de predicación y que tienen que colaborar para que todos puedan comer.

 

Jesús seguirá realizando estas dos misiones a través de sus discípulos en la Eucaristía, que ofrece siempre unidas la mesa de la palabra y la mesa del pan.

 

 

Las circunstancias de los dos milagros, aunque sean similares, no son idénticas: cambian los destinatarios. En la primera (cf. Mc 6,34-44), Jesús da de comer a judíos, miembros del pueblo de Dios: se realiza en territorio judío, el pueblo está perfectamente organizado y las cestas de las sobras son doce, número representativo del pueblo de Dios.

 

En la segunda (cf. Mc 8,1-10), los destinatarios son paganos: tiene lugar en la Decápolis, fuera de Israel, y las cestas que recogen las sobras son siete, número simbólico de las naciones paganas (cf. Dt 7,1; Hch 6,1-4).

 

La Eucaristía será, a la vez, un sacramento de «iniciación», que culminará el proceso por el que un pagano se hace cristiano, y un sacramento de «crecimiento», que desarrollará y perfeccionará la vida nueva en el ya cristiano.

 

 

4) Jesús, anuncia la institucion de la Eucaristia.

 

Después de la primera multiplicación de los panes, según el Evangelio de san Juan, Jesús pronunció un célebre discurso en la sinagoga de Cafarnaún. En realidad son dos discursos, aunque estén unidos: uno sobre el pan de vida (cf. Jn 6,23-51) y otro sobre el pan eucarístico (cf. Jn 6,52-5)

 

En el primero, Jesús intenta convencer a los oyentes para que, además de buscar el alimento que sostiene nuestra existencia terrena aspiren a otro alimento que da el Autor de la vida, el que da la vida eterna.

 

El que da ese alimento es el Padre: «Mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo». Y ese pan es Jesús mismo: «Yo soy el pan de vida». Pero este alimento exige ser aceptado de forma personal por la fe: «Lo que Dios espera de vosotros es que creáis en aquel que él ha enviado». Esta fe es una gracia: «Nadie puede aceptarme, si el Padre que me envió no se lo concede».

 

Jesús concluye este primer discurso con esta sentencia solemne: «Os aseguro que el que cree, tiene vida eterna».

 

 

En el segundo discurso, ya no se trata de creer, esto era solamente una condición previa necesaria, sino de comer y beber la carne y la sangre del Hijo del hombre. Jesús, ante el asombro de sus oyentes, subraya que no se trata solamente de una expresión simbólica, sino de una verdadera comida, de una comida real: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida».

 

Además, Jesús explica los efectos que produce este alimento inaudito; son dos. Primero, una compenetración misteriosa, una relacion mutua entre Jesús y quien lo come: «El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él». Y el segundo, la inmortalidad: «el que coma de este pan vivirá para siempre».

Nos encontramos ante el texto evangélico que explica con mayor profundidad el misterio de la Eucaristía. Los dones sacramentales del pan y del vino son el medio para lograr la unión personal con Cristo, muerto y resucitado, que es la única manera de conseguir la salvación definitiva. Y esta unión sólo es eficaz y se realiza cuando se cumple la exigencia única y decisiva impuesta al hombre, la fe en el Revelador, enviado por Dios y portador de la salvación.

 

5) Jesús lava los pies a sus discípulos

 

Aparentemente, este relato de san Juan (cf. Jn 13,1-20) no dice nada de la Eucaristía. Pero, sucedió «la víspera de la fiesta de la pascua», sabiendo Jesús «que le había llegado la hora de dejar el mundo para ir al Padre», y mientras «estaban cenando». Es decir, en el mismo momento en que, según los demás evangelistas, Jesús instituyó la Eucaristía.

 

La escena comienza con dos afirmaciones solemnes del evangelista, que nos preparan para presenciar lo que parece que va ser la culminación de la obra de Jesús. Primero nos lo presenta como el Enviado divino en trance de cumplir definitivamente su misión: «Entonces Jesús, sabiendo que el Padre le había entregado todo, y que de Dios había venido y a Dios volvía...».

 

Pero, además, nos muestra el móvil y la actitud fundamental con que cumple esa misión: «Y él, que había amado a los suyos, llevó su amor hasta el extremo». Tras esta preparación, nos cuenta lo que ocurrió: Jesús se pone a lavar los pies a sus discípulos, en un gesto propio de siervos.

 

 

Las reacciones que este gesto produce en sus discípulos, sobre todo en Pedro, y las palabras con que Jesús lo aclara, nos descubren un doble mensaje.

 

Primero, que este gesto es algo que sólo Jesús puede hacer porque es algo que simboliza su misión: el servicio supremo prestado a los hombres por el Siervo de Dios, la entrega de su vida para purificarlos.

 

Sin este servicio, los hombres no tendrían parte con él en su propia filiación y en la herencia prometida: «Si no te lavo los pies, no podrás contarte entre los míos». Eso es lo que Pedro no entiende de momento, pero entenderá más tarde, como dice Jesús.

Pero, después, el Maestro convierte su actuación en ejemplo que los suyos deben imitar: «Vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo, para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros». Es decir, los discípulos se deben servir unos a otros.

 

Los dos mensajes están íntimamente unidos: la misión de Jesús tiene como objetivo crear unos discípulos capaces de amarse unos a otros con una actitud humilde de servicio. Pero esto no sería posible sin el amor de Jesús por ellos, sin su palabra y la entrega de su vida, que les limpia de todo aquello que se opone al amor.

 

Todos estos mensajes nos descubren el sentido profundo de la Eucaristía. En ella, Jesús realiza plenamente su misión en nosotros amándonos hasta el extremo; porque, al morir por nosotros, nos purifica de nuestros egoísmos, nos asocia a su propia entrega y nos hace capaces de amarnos entre nosotros como él nos ha amado. Por eso la Eucaristía es la fuente y la cima de la vida cristiana, la que nos hace cristianos y la que hace la Iglesia.

 

6) Jesús resucitado camina con sus discípulos

 

¡Jesús siguió comiendo con sus discípulos después de la Resurrección! Y estas comidas del Resucitado son precisamente las más cercanas a lo que nosotros celebramos, ya que el Jesús con el que nos encontramos ahora en la Eucaristía es ya el Señor resucitado y glorioso.

 

La primera de estas comidas tuvo lugar el mismo día de Pascua y tuvo como invitados a dos discípulos que iban camino de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Esta escena es como una catequesis del itinerario de nuestra celebración eucarística, en sus diferentes partes.

 

Dos caminaban juntos…. en la Eucaristía comenzamos esforzándonos por formar comunidad.

 

Iban «de vuelta», preocupados y afligidos por sus oscuridades y frustraciones. El caminante que se les une les obliga a reconocer esta situación: también nosotros reconocemos nuestras deficiencias en el acto penitencial.

 

 

Para suscitar en ellos esta fe, Jesús les explica todo lo que se refería a él en la Escritura. Y esta explicación es lo que les hace arder el corazón y les prepara para reconocerlo. La Liturgia de la Palabra, nos despierta la fe y nos prepara para reconocerlo.

Los dos discípulos acogen la enseñanza de Jesús y muestran su deseo de continuar con él: con nuestra profesión de fe acogemos su palabra y nos preparamos para encontrarnos con su propia persona.

 

Jesús se sentó a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Y entonces lo reconocieron, aunque él desapareció de su lado. Las cuatro acciones de Jesús son las que seguimos repitiendo en la Liturgia Eucarística. Y a través de ellas, se produce la presencia real, aunque misteriosa, de Jesús entre nosotros.

 

Después de esto, los dos discípulos se volvieron corriendo a Jerusalén para contar a los demás lo que les había sucedido. Al final de la Eucaristía somos enviados a dar testimonio del Resucitado.

 

 

7) Jesús resucitado acompaña a sus discípulos en su misión

 

La última aparición del Resucitado que nos cuenta san Juan, en el lago de Tiberíades, nos ofrece una visión maravillosa de la presencia de Jesús. La pesca milagrosa (cf. Jn 21,1-14), simboliza la misión de la Iglesia y la importancia de la Eucaristía para la evangelización.

 

Siete discípulos están pescando juntos. Como el número siete es símbolo de totalidad, se quiere subrayar que la faena de la «pesca» es de todos y de todos unidos. En un primer momento, el trabajo resulta inútil: «No lograron pescar nada». Al amanecer, como el día de la Resurrección, Jesús se presenta, no en la barca, sino en tierra firme, aunque cerca.

 

Desde una nueva situación, desde la gloria del Padre, no abandona a sus discípulos, les sigue de cerca aunque no se mezcla directamente en su trabajo. Los discípulos no lo reconocen, porque están viviendo en la oscuridad de la fe.

 

 

Jesús manda echar la red. Y los discípulos, a pesar de no haberlo reconocido, le hacen caso, echan la red. Y, por haber obedecido logran una pesca espléndida. La red se llena a rebosar, pero no se rompe: la Iglesia tiene capacidad para recibir en su seno a todos los hombres, por muy distinta que sea su mentalidad y cultura.

 

Y, ante el milagro, reconocen a Jesús. Acercan la barca con la red llena a la orilla, que estaba cerca.

«Al saltar a tierra vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan». Jesús mismo les ha preparado esta comida. Pero les pide a los discípulos una aportación: «Traed ahora algunos de los peces que habéis pescado». Esta aportación viene del fruto de la «pesca».

 

«Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces». Jesús les sirve la comida, como había hecho tantas veces, y, sobre todo, la noche antes de su muerte.

 

La Eucaristía se celebra en la frontera entre este mundo y el venidero, es comida terrena que prepara y anuncia el banquete final en la tierra prometida. Es puro don del Resucitado, pero exige la aportación de los invitados, una aportación que supone la participación en la misión de Jesús. La Eucaristía es, a la vez, punto de llegada de la tarea evangelizadora y fuente de donde emana toda su vitalidad.

 

 

II- LA INSTITUCION Y SU CONTEXTO PASCUAL

 

 

1-Jesucristo instituyó este sacramento en la Última Cena.

 

Los tres evangelios sinópticos (Mt 26,17-30; Mc 14,12-26; Lc 22,7-20) y san Pablo (cfr. 1 Co 11,23-26) nos han transmitido el relato de la institución.

 

«Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: “Id y preparadnos la Pascua para que lacomamos”...

 

Fueron... y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios”...

 

Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros. Haced esto en recuerdo mío [en conmemoración mía; como memorial mío]”. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi Sangre, que va a ser derramada por vosotros”» (Catecismo, 1339).

 

 

2-Jesús celebró pues la Última Cena en el contexto de la Pascua judía, pero en el centro no se encuentra el cordero de la Antigua Pascua, sino Cristo mismo, su Cuerpo entregado y su Sangre derramada por muchos para remisión de los pecados (cfr. Catecismo,1339).  

 

Podemos pues decir que Jesús, más que celebrar la Antigua Pascua, anunció y realizó—anticipándola sacramentalmente— la Nueva Pascua.

 

El precepto explícito de Jesús: «Haced esto en conmemoración mía [como memorial mío]» (Lc 22,19; 1 Co 11,24-25), evidencia el carácter propiamente institucional de la Última Cena.

 

Con dicho mandato nos pide que correspondamos a su don y que lo representemos sacramentalmente (que lo volvamos a realizar, que reiteremos su presencia: la presencia de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, es decir, de su sacrificio en remisión de nuestros pecados).

 

 

— «Haced esto». De este modo designó quienes pueden celebrar la Eucaristía (los Apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio), les confió la potestad de celebrarla y determinar los elementos fundamentales del rito: los mismos que Él empleó: pan y vino, la plegaría de acción de gracias y de bendición, la consagración de los dones en el Cuerpo y la Sangre del Señor, la distribución y la comunión con este Santísimo Sacramento.

 

— «En conmemoración mía». De este modo Cristo ordenó a los Apóstoles, que celebraran un nuevo “memorial”, que sustituía al de la Antigua Pascua. Este rito memorial tiene una particular eficacia: no solo ayuda a “recordar” a la comunidad creyente el amor redentor de Cristo, sus palabras y gestos durante la Última Cena, sino que, además, como sacramento de la Nueva Ley, hace objetivamente presente la realidad significada: a Cristo, “nuestra Pascua” (1 Co 5,7), y a su sacrificio redentor.

 

 

3-La celebración litúrgica de la Eucaristía:

 

La Iglesia, obediente al mandato del Señor, celebró enseguida la Eucaristía en Jerusalén (cfr. Hch 2,42-4), en Tróade (cfr. Hch 20,7-11) en Corinto (cfr. 1 Co 10,14,21; 1 Co 11, 20-34), y en todos los lugares a donde llegaba el cristianismo. «Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental» (Catecismo, 1343).

 

 

La estructura de la celebración

 

Fiel al mandato de Jesús, la Iglesia, guiada por el “Espíritu de verdad” (Jn 16,13), que es el Espíritu Santo, cuando celebra la Eucaristía no hace otra cosa que conformarse al rito eucarístico realizado por el Señor en la Última Cena.

 

Los elementos esenciales de las sucesivas celebraciones eucarísticas no pueden ser otros que aquellos de la Eucaristía originaria: los discípulos de Cristo y la asamblea eucarística. 

 

Desde los comienzos de la vida de la Iglesia, la asamblea cristiana que celebra la Eucaristía se manifiesta jerárquicamente estructurada: habitualmente está constituida por el obispo o por un presbítero, por el diácono, por otros ministros y por los fieles, unidos por el vínculo de la fe y del bautismo.

 

Todos los miembros de esta asamblea están llamados a participar conscientemente, devotamente y activamente en la liturgia eucarística.

 

Por tanto, cada uno deberá cumplir el propio ministerio, sin que haya confusión entre el sacerdocio ministerial, el sacerdocio común de los fieles y el ministerio del diácono y de otros posibles ministros.

 

El papel del sacerdocio ministerial en la celebración de la Eucaristía es esencial. Sólo el sacerdote válidamente ordenado puede consagrar la Santísima Eucaristía, pronunciando in persona Christi las palabras de la consagración (cfr. Catecismo, 1369).  

 

Por otra parte, ninguna comunidad cristiana está capacitada para darse por sí sola el ministerio ordenado. «Éste es un don que se recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el obispo quien establece un nuevo presbítero mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía»

 

El desarrollo de la celebración

 

La actuación del rito memorial se desarrolla, desde los orígenes de la Iglesia, en dos grandes momentos, que forman un solo acto de culto: la “Liturgia de la Palabra” (que comprende la proclamación y la escucha-acogida de la Palabra de Dios), y la “Liturgia Eucarística” (que comprende la presentación del pan y del vino, la anáfora o plegaria eucarística —con las palabras de la consagración— y la comunión.

 

Estas dos partes principales están delimitadas por los ritos de introducción y de conclusión (cfr. Catecismo,1349-1355).

 

Nadie puede quitar o añadir a su antojo nada de lo que ha sido establecido por la Iglesia en la Liturgia de la Santa Misa.

 

La constitución del signo sacramental

 

Los elementos esenciales y necesarios para constituir el signo sacramental de la Eucaristía son: por una parte, el pan de harina de trigo, y el vino de uvas sin aditivos; y, por otra, las palabras consagratorias, que el sacerdote celebrante pronuncia in persona Christi, en el contexto de la «Plegaria Eucarística».

 

Gracias a la virtud de las palabras del Señor y a la potencia del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten en signos eficaces, de manera real y no solo de significado, de la presencia del “Cuerpo entregado” y de la “Sangre derramada” de Cristo, es decir, de su Persona y de su sacrificio redentor (cfr. Catecismo, 1333 y 1375).

 

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