| Posted on December 15, 2011 at 4:10 PM |
CRISTOLOGIA- LA FIGURA DE JESUCRISTO
La herejia del monoergismo
El patriarca Sergio de Constantinopla, a comienzos del siglo VI enseñò que Cristo, aunque tuviera dos naturalezas, tenìa una ùnica operaciòn, pues sostenìa que el obrar o el actuar proviene de la persona, no de la naturaleza. A esa doctrina se le llamò monoergismo y fue considerada una herejìa.
Màximo el Confesor combatiò esta doctrina eficazmente.
La herejìa del monotelismo
Esta herejìa atribuìa a Jesùs una ùnica voluntad que estarìa movida por la voluntad divina sin que tuviera un propio querer humano.
Esta fue planteada por el emperador Heraclio que buscaba la unidad religiosa para salvar la unidad del imperio. En el año 638 este impuso el monotelismo a toda la Iglesia apoyàndose supuestamente en los Santos Padres.
Màximo el Confesor consiguiò que el Papa Martìn I convocara un concilio en Letràn (año 649) que condenò los errores del monotelismo y del monoergismo.
El III concilio de Constantinopla
Este concilio condenò el monotelismo y el monoergismo y definiò solemnemente que en Cristo se dan “dos voluntades naturales y dos operaciones naturales sin divisiòn, sin cambio, sin separaciòn, sin confusiòn.”
Para este concilio la afirmaciòn de las dos naturalezas en Jesucristo necesariamente lleva consigo la confesiòn de dos voluntades y de dos operaciones “naturales” que no se contraponen, sino que se dan unidas: lo humano està sujeto y sigue lo divino.
No es suficiente la confesiòn de la integridad de la naturaleza humana de Cristo si se le considera sòlo como elemento pasivo e inerte en manos del Verbo, como una simple fachada humana del Hijo de Dios.
La voluntad humana de Cristo
El Verbo asumiò una naturaleza humana perfecta; y la voluntad libre pertenece a la integridad y perfecciòn de la naturaleza.
Jesucristo tiene un querer divino comùn con el Padre y el Espìritu Santo propio de la naturaleza divina; y tiene otro querer humano, propio de su naturaleza humana asumida.
La humanidad de Jesucristo es un instrumento racional y libre, no inerte o inanimado, que se mueve segùn su propio modo de ser: se mueve por su propia voluntad humana a seguir el querer divino.
La libertad humana de Cristo
La existencia de una libertad humana es señalada cuando se afirma que Jesùs obedeciò a su Padre, o que se ofreciò por nosotros en sacrificio y sin libertad no es posible obedecer y merecer.
Que Cristo fuera libre no significa que pudiera pecar, pues la libertad no consiste en poder elegir el bien o el mal. La libertad consiste en el modo que tiene la voluntad de querer el bien: en querer el bien por sì misma y no arrastrada por ningùn factor interno o externo.
En Jesùs no hubo oposiciòn entre la voluntad humana y la divina.
En el concilio III de Constantinopla se dijo que la voluntad humana de Cristo siempre “sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposiciòn, sino que, por el contrario, està siempre subordinada a esta voluntad omnipotente.”
La Sagrada Escritura señala que la voluntad humana de Jesùs no es otra que cumplir el querer divino. Siempre viviò de la voluntad del Padre y fue obediente hasta la muerte de cruz.
“Cristo posee dos voluntades…no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espìritu Santo para nuestra salvaciòn.”
La existencia de una operaciòn humana en Cristo
El III concilio de Constantinopla confesò que en Cristo hay “dos operaciones naturales sin divisiòn, sin conmutaciòn, sin separaciòn, sin confusiòn, en el mismo Señor nuestro Jesucristo, nuestro verdadero Dios, esto es, una operaciòn divina y otra operaciòn humana”.
La naturaleza humana de Cristo tiene su propia forma y virtud por las que actùa del modo que le es propio: siente, conoce, quiere libremente, etc. De ahì que la naturaleza humana tenga su propia operaciòn distinta de la operaciòn divina.
El poder propio de las acciones de Cristo hombre
La naturaleza humana de Cristo, como la de todo hombre, tiene poder para realizar todas las acciones humanas naturales: para conocer, querer, hablar, caminar, etc.
Pero tambièn, como todo hombre en estado de gracia, tiene el poder para realizar obras sobrenaturales: se trata de un poder dado por el Espìritu Santo al hombre para que pueda realizar por sì mismo obras sobrenaturales.
Sin esta capacidad sobrenatural no podrìamos afirmar la realidad de la obra redentora que Jesùs llevò a cabo por medio de esas acciones.
El mèrito de las acciones humanas propias de Cristo.
Como las acciones humanas Cristo eran libres y nacìan del inmenso amor al Padre que el Espìritu Santo habìa infundido en su alma, todas ellas eran meritorias, es decir eran dignas de alcanzar el fin al que las habìa ordenado el designio divino.
Cristo antes de su Resurreciòn mereciò para sì mismo aquellos bienes que aùn no poseìa, como eran la perfecta glorificaciòn y exaltaciòn de su humanidad.
Cristo mereciò la salvaciòn para nosotros pues a este fin estaba ordenada la Encarnaciòn del Verbo.
Las acciones humanas de Cristo como instrumentos de la divinidad
La humanidad de Cristo, ademàs del poder propio que posee por la naturaleza o por la gracia, tiene la capacidad, como toda criatura, de que Dios se sirva de ella como instrumento para llevar a cabo obras por encima del poder de su naturaleza.
En el orden fìsico la divinidad se serviò de algunos gestos y palabras humanas de Jesùs para producir milagros, que son acciones admirables que superan la capacidad de la naturaleza humana y facilitan la fe de los testigos.
En el orden espiritual la divinidad se serviò de su querer humano y de sus palabras para perdonar los pecados. Su humanidad participa del poder de comunicar a los hombres la vida eterna, que es una acciòn propia de Dios.
Los sentimientos y las pasiones en Jesucristo
Cristo tuvo aquellos sentimientos y pasiones propios de la naturaleza humana compatibles con su plenitud de gracia y que servìan a nuestra redenciòn.
Pero en El esos sentimientos y pasiones se dieron de modo distintos que en nosotros, pues en nosotros ordinariamente anteceden al juicio de la razòn, frecuentemente tienden a lo ilìcito, y a veces arrastran a la razòn. En Cristo en cambio la razòn regìa y controlaba perfectamente toda su afectividad aunque dejaba que cada una de las tendencias sensibles reaccionara con su propio movimiento hacia el bien y del modo mas conveniente.
El amor de Cristo.
En Jesùs no faltò el sentimiento principal, del que derivan todos los demàs, que es el amor, y que es sobrenaturalizado por la caridad. Este fue el motor de su vida y la clave de la armonìa y la unidad de todo su ser: su amor y entrega al Padre y a nosotros.
El amor a su Padre nace de saberse el Hijo muy amado. Su amor filial resuena en todas sus palabras y resplandece en todos sus actos.
El amor por nosotros es prolongaciòn de ese amor a su Padre y es patente y notorio para todos, abrazando a todos y a cada uno.
El sagrado Corazòn de Jesùs
Jesucristo nos ha amado y nos ama con su infinito amor divino, que tiene en comùn con el Padre y el Espìritu Santo, y tambièn con su amor humano que le ha llevado a entregarse por nosotros.
El sagrado Corazòn de Jesùs, traspasado por nuestros pecados para nuestra salvaciòn, es considerado como el principal indicador y sìmbolo del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres.
Fisonomìa de Jesùs
Los Evangelios no nos han transmitido ninguna descripciòn directa sobre su estatura, sus rasgos fìsicos, sobre el color de sus ojos o del cabello.
Lo describen como de presencia agradable, amable, atrayente, de porte y modales dignos que inspiraban respeto y afecto de personas de toda condiciòn.
Traslucìa en su rostro paz y alegria, serenidad y seguridad. Su mirada era alegre, cariñosa y profunda pues llegaba al fondo de las almas.
Su atractivo provenìa sobre todo de su interior: de su bondad, de sus palabras, y de sus milagros. La falta de descripciòn fìsica nos hace enfocar en esas cualidades espirituales invitàndonos a imitarlas…
Categories: Temas de Clases y Conferencias
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